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Las consecuencias de la violencia

Cualquiera que sea la forma de violencia ejercitada (física, psicológica, sexual, económica, manipulación, control, etc.) ésta entrena siempre consecuencias negativas en la víctima:

  • El miedo de ver que la situación se reproduzca incita inevitablemente a la persona a protegerse, y crea una distancia con el individuo violento, si no es física al menos emocional.
  • La cólera que expresa la persona herida es a menudo una respuesta emocional normal al rechazar de ser tratada injustamente y de hacerse respetar.
  • La violencia perjudica al estimo de si misma, la confianza en si misma, y puede hacer creer a la víctima que merece ser violentada.

Dado que la violencia engendra inevitablemente sentimientos de miedo, de pena, de culpabilidad, de vergüenza o de rebeldía, dicha violencia siempre causa perjuicios a las personas y a las relaciones, y aún más cuando se trata de personas cercanas.


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La violencia en la intimidad

La cuestión acerca de la violencia ejercitada contra el entorno más querido de una persona puede parecer contradictorio: y reposa sobre mecanismos a veces complejos:

  • El temor de perder a una persona importante por ejemplo puede desencadenar violencia, mecanismo de defensa utilizado para responder a esos miedos y detener las amenazas, mismo si esos temores no están fundados en la realidad.
  • El contexto de intimidad, ya que en sí puede constituir una amenaza para cada miembro de la pareja, la proximidad del otro, lo lleva a revelar aspectos de si mismo que no son siempre valorados. Como una reacción de defensa, puede suceder que alguien rechaze de acercarse emocionalmente al otro, y el otro deseando más proximidad, perciba sus súplicas como amenazas y responda de manera violenta.
  • Sentimientos de celos y una posesividad malsana pueden darse debido a una falta de confianza del individuo en si mismo, hasta el punto que esto lo lleva a dudar de que el otro lo pueda amar verdaderamente. Esta inseguridad interior y sus consecuencias inciden en el otro frente a su libertad y lo alejan paradojicamente del individuo celoso.
  • La violencia puede originarse al tener la impresión de que el otro no se ocupa bien de su cónyuge como tiene el "deber" de hacerlo.
  • El hombre puede igualmente atribuirse un papel de dominación en la relación con su cónyuge, por convicción cutural o religiosa, porque reproduce un modelo paterno disfuncional, o porque quiere evitar encontrarse en posición inversa de sumisión y de vulnerabilidad.

Cualquiera que sea la meta que se busca, la violencia y el control no hacen más que alejar a la otra persona, nutrir en ella una desconfianza que en definitiva puede romper la relación. Al final de cuentas, lo que se obtiene es siempre lo contrario de lo que se busca.
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